Introducción: el amor no siempre se siente seguro
A veces amar duele. No porque haya algo roto en ti, sino porque tu cuerpo aprendió que la cercanía podía ser peligrosa.
Muchas personas llegan a terapia diciendo lo mismo: “Sé que mi pareja me quiere, pero algo dentro de mí no confía.” O: “No entiendo por qué me alejo justo cuando todo va bien.”
Esas contradicciones no son locura ni debilidad. Son el eco de un apego inseguro, una forma de vincularnos que se formó cuando éramos niñas, observando y sintiendo cómo el amor llegaba —o no llegaba— a nosotras.
Sanar esas huellas no consiste en borrar el pasado, sino en entender cómo nuestro cuerpo nos ha protegido, para después enseñarle nuevas rutas hacia la calma y la confianza.
Qué es el apego inseguro: un sistema de alarma emocional
El apego es el modo en que nuestro sistema nervioso aprende a buscar y ofrecer seguridad.
Cuando crecimos en entornos donde la presencia emocional fue irregular —una madre que a veces estaba disponible y otras no, un padre imprevisible o una figura de cuidado que generaba miedo—, nuestro cuerpo registró que el amor no era estable.
Desde la neurociencia del apego sabemos que estas experiencias moldean el sistema de amenaza (amígdala), el sistema de calma (vago ventral) y las respuestas de supervivencia (lucha, huida, congelamiento).
El cuerpo no distingue entre una separación real y el recuerdo de abandono: ambos activan las mismas redes neuronales.
Como señala Olga Barroso,
“La ausencia de contacto y la falta de cuidados hacen que el cerebro produzca más adrenalina, lo cual predispone también a comportamientos más impulsivos y agresivos. Para desarrollar las capacidades básicas para la gestión emocional necesitamos de la estimulación y del buen trato de nuestras figuras de apego. Pero además, necesitamos de esta estimulación y de este buen trato para desarrollar el resto de las capacidades que nos permiten relacionarnos de un modo genuinamente humano en las relaciones afectivas.”
Esta base relacional se construye desde los primeros meses de vida, en la calidad del vínculo de apego.
Las investigaciones de Bowlby y más tarde de Hazan y Shaver (1987) mostraron que los lazos formados en la niñez persisten en la vida adulta en forma de modelos internos de relación, que influyen en cómo amamos, confiamos y nos vinculamos.
Barroso explica que estos modelos tienen una doble naturaleza:
tienden a mantenerse estables, repitiéndose de manera automática,
pero al mismo tiempo poseen flexibilidad neuronal, y pueden reconfigurarse cuando vivimos nuevas experiencias de apego seguras.
Esta es precisamente la razón por la cual la experiencia psicoterapéutica puede transformar el modo en que nos relacionamos: cuando una paciente logra acceder a sus representaciones de sí misma y de sus figuras de apego dentro del espacio terapéutico, puede reinterpretarlas, actualizarlas y reestructurarlas.
En otras palabras: el vínculo con el terapeuta puede convertirse en una nueva experiencia de apego segura y reparadora, capaz de modificar las memorias emocionales más antiguas.
Por eso, sanar el apego inseguro no se limita a comprender el pasado, sino a vivir en el presente relaciones suficientemente seguras como para que el cuerpo aprenda, poco a poco, que ya no necesita estar en alerta.
Tres formas en que el apego inseguro se manifiesta
1. El apego ansioso: el miedo a no ser suficiente
Marta revisa su móvil cada pocos minutos. Sabe que no debería, pero no puede evitarlo: si su pareja tarda en responder, siente una punzada en el pecho. Su mente se llena de pensamientos: “Algo hice mal”, “se está alejando”, “no le importo tanto”.
No es dependencia emocional. Su cuerpo aprendió a estar en hiperactivación, buscando señales de peligro en la ausencia del otro.
Cuando el amor fue imprevisible, la atención constante se convirtió en una forma de supervivencia.
2. El apego evitativo: el refugio en la autosuficiencia
Pablo dice que le cuesta conectar con la gente. En pareja mantiene cierta distancia; cuando alguien la busca demasiado, siente que necesita aire.
Su cuerpo opera en el otro extremo: hipoactivación.
Para no sentir el dolor de la pérdida, desconecta antes de que ocurra.
El amor se vuelve una amenaza a la autonomía, y el refugio es el control.
Bajo esa calma aparente, hay un cuerpo en tensión permanente que evita la activación… y también la vitalidad.
3. El apego desorganizado: el amor que asusta
Clara desea relaciones seguras, pero algo en ella se bloquea. Se siente atraída por personas que la hieren o huye de quienes le ofrecen estabilidad.
De niña, la figura que debía protegerla fue también fuente de miedo.
Su sistema nervioso no aprendió a distinguir entre amor y amenaza.
La desorganización es una oscilación constante entre buscar y evitar el vínculo.
El cuerpo no tiene una ruta estable para la seguridad.
Cómo detectar el apego inseguro en ti misma
- Escucha tus pensamientos automáticos
Cuando alguien no responde, ¿piensas que te está ignorando?
Cuando discutes, ¿sientes que la relación se va a romper?
Tu diálogo interno es un mapa directo hacia tus heridas de apego.
- Observa tu cuerpo
El cuerpo habla primero: tensión en el pecho, nudo en el estómago, respiración corta.
Estas no son “reacciones exageradas”: son activaciones de un sistema de alarma que aún no ha aprendido a volver a su base.
- Analiza tus patrones relacionales
¿Te descubres repitiendo historias? ¿Parejas que no se comprometen, vínculos que exigen demasiado o relaciones que se enfrían sin motivo?
El patrón no es castigo, sino información. Es tu cuerpo intentando reparar, una y otra vez, lo que no pudo entender.
Estos patrones no surgen al azar. Desde los trabajos de Hazan y Shaver (1987), la investigación ha mostrado que el estilo de apego adulto influye directamente en la calidad y la satisfacción de las relaciones de pareja.
Gottman y Levenson (1999) demostraron que los conflictos sostenidos afectan gravemente la salud física y emocional de las parejas. Entender cómo nos vinculamos se convierte así en una forma de autocuidado.
Las conclusiones son consistentes:
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Apego seguro: las relaciones se describen como más confiables, estables y satisfactorias (Hazan & Shaver, 1987; Feeney & Noller, 2001). Se percibe a la pareja como respetuosa y empática, con buena comunicación y resolución constructiva de conflictos (Collins & Feeney, 2004; Kirkpatrick & Hazan, 1994).
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Apego ansioso o ambivalente: tienden a surgir celos, obsesión o necesidad constante de confirmación. Las personas con alta ansiedad se preocupan excesivamente por la relación y pueden volverse dependientes emocionalmente (Feeney & Noller, 2001).
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Apego evitativo: se caracteriza por el temor a la cercanía y por relaciones emocionalmente inestables o distantes. La persona suele evitar comprometerse o mostrar vulnerabilidad, y puede describir el amor como una amenaza a la libertad (Feeney & Noller, 2001; Cohen & Eagle, 2005).
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Apego desorganizado: se asocia con los niveles más bajos de satisfacción. La desactivación de las necesidades emocionales y la evitación de la intimidad impiden que la pareja sea fuente de contención (Collins & Feeney, 2000).
Las investigaciones también indican que la combinación más desafiante es la de una persona con apego ansioso y otra con apego evitativo: el ansioso pide cercanía, el evitativo se aleja; cuanto más uno busca, más el otro huye. Ambos viven bajo la lógica del miedo: miedo a perder al otro o miedo a ser invadido.
Desde la práctica terapéutica, entender estas dinámicas permite desactivar la culpa y mirar la relación con más compasión.
No se trata de cambiar de pareja, sino de aprender a cambiar de patrón, creando relaciones donde la seguridad y la intimidad no sean sinónimos de peligro.
Comprender cómo amas es el primer paso para aprender a amar sin miedo.
El proceso terapéutico: de la comprensión al cambio
- Lo que el cuerpo intenta decirte
Uno de los mayores giros terapéuticos ocurre cuando comprendemos que el cuerpo no nos sabotea, sino que nos protege.
Cada tensión, cada hipervigilancia, cada desconexión emocional tiene sentido si la miramos desde la supervivencia.
Cuando el cuerpo entiende que ya no está en peligro, comienza el cambio.
Y ese cambio no ocurre desde la mente, sino desde la actualización del sistema nervioso: permitir que la seguridad se vuelva más familiar que el miedo.
“Sanar no es olvidar: es hacer las paces con la historia.”
La Psicoterapia Integrativa con ICV trabaja precisamente aquí: nos permite entender y sentir que la historia ya fue y que nos podemos reconstruir las veces que sea necesario.
Se utilizan líneas de tiempo, imágenes internas y conexión corporal para actualizar la memoria implícita.
El objetivo no es “revivir” el trauma, sino reorganizarlo.
Cuando el cuerpo puede ver que la niña de entonces sobrevivió y que la adulta de hoy está a salvo, se produce una integración profunda.
“Dejar de pelearte con tus versiones del pasado es el primer acto de libertad.”
- Prácticas para cultivar seguridad interna
Micro-pausas de consciencia. Detente unos segundos y nota qué parte de ti está activa. Nombrarlo ya es regular.
Anclar el cuerpo. Siente el contacto de los pies, la respiración lenta, el peso del cuerpo.
Red segura. Busca vínculos que no exijan ni invaliden.
Diálogo interno compasivo. Cambia el juicio por comprensión.
Proceso acompañado. La terapia no sustituye tu fuerza; la amplifica.
Si quieres, te acompaño a recorrer ese nuevo camino en tu forma de vincularte.
